Se encontraba otra vez solo... Nunca había llorando tanto, su alma le pedía que se alejara nuevamente, que no pierda la cabeza otra vez por ella. Ella había pronunciado más de mil veces el adiós, había puesto un punto final, mientras el soñaba que fuera tan sólo un continuara.
Resulta que él siempre veía a la luna con deseos de inspirarse y escribirle algo hermoso, buscaba tiempos para poder verla y contemplar su sonrisa; tenia esa conversación de adolescente prematuro en el cual iba preparando el dialogo y ensayaba posibles respuestas a lo que ella diría antes de verla, pero, curiosamente también nunca se lo dijo, quizás le gano el temor a un rechazo, quizás la confianza no le daba el aliciente para sentirse amado.
Recuerdo haberlo visto muchas veces con un libro de Benedetti en las manos, siempre pensando, mudándose de asientos dentro del mismo parque, siempre lo admire por la forma en como miraba hacia el cielo; siempre repetía – El día que la deje de amar, ese día dejare de usar estos lugares – Ese día ya su voz se notaba triste, yo sólo opte con tratar de entender ese sentimiento tan arraigado que parecía que salia desde sus tuétanos.
Esa tarde quizás fue la más triste, ella se casaba, él era el padrino. Vestía con un elegante traje negro, posiblemente ella nunca supo todo lo que él sentía... no se puede negar que ella se veía hermosa, tenia la piel más tersa que nunca, su figura era excepcional, el labial rojo que usaba combinaba espléndidamente con sus ojos acaramelados, lo que más le dolía era el hecho de que nunca dijo nada y hoy no era el tiempo adecuado.
Le dije: – Y si hoy lo intentas –, Contesto: – No lo he intentado en 15 años y ¿Crees que hoy valdrá la pena?-, respondí algo airado: – Pero al menos hoy sabrás si tiene que acabar o no –, Se paro y antes de salir por la puerta dijo: – Pierdes el tiempo, termina de ponerte la corbata y vete, que hoy se casa la mujer que siempre hemos amado –.